Inerte o no todos padecemos nuestras historias. Los edificios tenemos nuestros propios estándares. Hay vecinos que son maravillosos, siempre ensimismados en su casa; otros se toleran sin grandes aspavientos y otros que son detestables.
El vecino del bajo es uno de estos últimos. Ruidoso y sucio. Con la música siempre alta, dando portazos y dejando caer el líquido repugnante de su bolsa de basura durante el trayecto de su piso al contenedor. Mi forma de protestar fue gradual y continuada. Al principio, ante los portazos provocaba un ligero tembleque en los muros del edificio y algún crujido en los muebles de su cocina; y ante la música excesiva cortaba la luz de su piso. Demasiadas veces. Fueron demasiadas veces para que no comprendiera que era una respuesta a sus acciones.
Decidí aumentar la dosis. Música alta. Apagón. Pequeña descarga eléctrica tras cada intento de volver a ponerla en funcionamiento. Portazo. Liberaba una estantería o un mueble alto a la ley de la gravedad. Añadí, como guinda del pastel, una gota persistente en la cocina. Con un sonido limpio y hueco.
Esto sí me trajo buenos resultados. Empezó a entrar en el sueño perseguido por pesadillas e intentaba permanecer despierto. Las manos le temblaban, los ojos le supuraran algún líquido acuoso, a saber, qué será eso; y lo mejor de todo, andaba de puntillas por la casa. Empezó a cuidarme más.
Lleva algunas noches llegando tarde. Al entrar pregunta en voz alta:
―¿Buen trabajo?
A mi parecer sí. Ha entrado en silencio y sigue un orden determinado y respetable: se lava las manos y la ropa manchadas de sangre. Se ducha y luego limpia la casa con lejía. Yo contesto cortando la gota de agua del grifo de la cocina.
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