Media Vuelta (capítulo 1)

Media Vuelta

Fotografía de Laura Villatoro Blanco

 

CAPÍTULO 1

HÉCTOR

CASA DE HÉCTOR (BRISBANE)

 

Martes, 7 de febrero de 2017

Mañana

     Héctor miró el reloj: las cinco de la madrugada. Retiró las sábanas de la cama, estaban empapadas de sudor. Por primera vez su pesadilla no se materializaba, y en su lugar, acontecía un sueño cálido y placentero:

     Esa noche hicieron el amor de la única manera posible, sin contenciones, con pasión e intensidad.

     Abrió el armario, cogió la ropa para la ducha y marcó otra señal en su almanaque: mil cruces.

     Al final del sueño, Lara mostró en la puerta de entrada la si­lueta de una mujer; la luz del sol alojada tras su espalda le impidió apreciarla con nitidez. Héctor negó desolado, intentando aferrarse al abrazo etéreo de su esposa.

     —Deseo seguirte… —imploró.

     Lara silenció sus palabras posando un dedo con suavidad en los labios de Héctor, luego acarició los suyos y bebió de su néctar en un último adiós. Conforme iba desvaneciéndose en sus brazos, miró de nuevo a la puerta.

     —¡Ve! —suplicó Lara.

     El sueño lo había dejado exhausto y con un regusto agri­dulce; cuanto más pensaba en él, menos encajaba todo, chirriaba. Lara no creía en Dios, ni en el más allá, y mucho menos en los mensajes que algunas personas referían de sus familiares y amis­tades fallecidas. ¿Por qué escogería ella ese modo de aparecer que tanto detestaba? ¿Cuál era la verdad que encerraba aquel sueño? ¿Su necesidad de pasar página?

     Recordó el juego de las cinco palabras al día que inventó Lara para mejorar su rudimentario inglés cuando llegó al instituto de Australia: escogían los vocablos más habituales en español e inglés y desglosaban cada una de sus distintas acepciones, tras lo cual abrían una cascada de oraciones y frases hechas que abarcaban propuestas desde lo real a lo fantástico e inconcebible. Para com­prender aquel sueño, el diccionario era la mejor opción. Sonrió. Nada de tarot, brujas, adivinas ni libros de sueños.

     Héctor preparó un café bien cargado y encendió el orde­nador sin más preámbulos. Había trabajado el fin de semana en el rancho y disponía de dos días libres. Tecleó en el diccionario de lengua española la palabra «ve». Correspondía a la segunda per­sona del imperativo de dos verbos: ver e ir. Empezó por el verbo «ver». Seleccionó tres de sus acepciones y las apuntó en una pe­queña libreta de notas:

  1. Percibir por los ojos los objetos mediante la acción de la luz.
  2. Visitar a alguien o estar con él para tratar de algún asunto.
  3. Prevenir las cosas del futuro; anteverlas o inferirlas de lo que sucede en el presente.

     Con respecto al verbo «ir», infinidad de significados le vol­vieron loco, no sabía por cuál decantarse ni cuál sería el adecuado. Finalmente concluyó: avanzar hacia un determinado camino o per­sona. Además, escribió la acepción número diez:

  1. Denota que una acción empieza a verificarse.

     Miró sus anotaciones y un nudo en la garganta y un escalo­frío que le recorrió la espalda le hicieron sentir estúpido. Apagó el ordenador.

 

     Héctor tenía treinta y un años y era alto y corpulento. De rostro cuadrado con hoyuelos, el cabello rubio ceniza le caía en cascada sobre los hombros. Se afeitaba con esmero dos veces a la semana, o cuando tocaba visita de la familia de Lara. Sus ojos azul cerúleo conformaban su mayor carta de presentación. En la ceja izquierda, una franja horizontal sin vello proporcionaba carácter a su faz. Aquella cicatriz se la hizo cuando era pequeño; según Elsa, su madre, pasó de gatear a corretear dando patadas a una pelota en cuestión de días; dicho de otro modo, fue un niño muy inquieto con necesidad constante de jugar y explorar su entorno.

     Trabajaba como veterinario en el rancho Centinela, propie­dad de su familia. Desde que llegó con diecisiete años desde Mála­ga, había adorado la vida en el rancho. Hizo la tesis doctoral sobre la cría de caballos.

     Desde la muerte de Lara, llenó su agenda con infinidad de actividades con el mero propósito de gastar tiempo: corría, hacía fitness con entrenamiento de estilo militar y taekwondo. Era cin­turón negro primer dan. Los viernes por la noche hacía de sparring para la Asociación Media Vuelta, un grupo de mujeres que habían sufrido violencia de género o abusos de diversa índole.

     Lara estaba embarazada cuando murió de forma trágica y sin sentido para él, y para todo el mundo de su entorno. Una de esas cosas que siempre sucedían en las noticias a personas desconocidas había atravesado la gran pantalla y la había arrastrado dentro, y formó parte de uno de los titulares más repetidos de aquella sema­na. Desde entonces Héctor no encendía la televisión, el eco de las sirenas se le hacía insoportable y los destellos reverberaban impla­cablemente en la superficie cristalina de su retina. La pantalla asu­mía el silencio y esperaba su turno para cubrir las horas muertas con su actividad incesante, que solo podría otorgarle con un clic.

     Héctor solo hablaba de ella de forma puntual con su madre, su hermana y su cuñada Saoirse. Le molestaba profundamente cualquier tipo de comentario de las demás personas: anécdotas, rasgos de su carácter, logros profesionales… Los veía superfluos y carentes de sentido; típicas palabras gastadas, que se ofrecían como sacados de un manual, para tratar de ser cortés. Aquellas personas no se escuchaban a sí mismas, o nunca habían pasado por nada parecido. No comprendían la magnitud de una pérdi­da y el fastidio de escuchar lo mismo en labios diferentes, con similar tono anodino.

    Cuando puso la cruz que indicaba el segundo aniversario de la muerte de Lara y del bebé que estaba gestando, tomó cons­ciencia de su grado de afectación. Hizo un balance de su vida durante ese interminable periodo. Aquella casa se le venía enci­ma, demasiados recuerdos en cada rincón, pesadillas nocturnas y un sentimiento de ahogo constante. Deseaba despertar de aquel mal sueño y que ella apareciera como si nada hubiese pasado. Se dirigió a la inmobiliaria donde trabajaba Saoirse, la hermana de Lara, con el firme convencimiento de vender la casa para poder avanzar. Llevó un listado con los requisitos de su nueva vivienda: ecológica, con piscina y bodega y en un punto medio entre el rancho y el centro de la ciudad.

     Héctor se disponía a salir cuando recibió una llamada de su cuñada, que se encontraba por la zona con unos clientes; después de enseñar la vivienda, iría a verlo para tomar un café juntos.

      Preparó una cafetera con café descafeinado para ella.

 

SAOIRSE Y HÉCTOR

CASA DE HÉCTOR (BRISBANE)

 

Martes, 7 de febrero de 2017

Mañana

 

     Saoirse, de treinta años, tenía rostro alargado, pelo largo, ondulado y cobrizo y labios gruesos y sonrosados que dejaban escapar su voz apagada. La mirada transparente y sin malicia de sus ojos verdes transmitía todo lo que era. Trabajaba en una inmobiliaria fundada por sus padres. Tras la muerte de su her­mana Lara, su familia delegó en ella la responsabilidad de dirigir la empresa. Fumaba para entretener sus manos. Jamás tomaba más de una copa de vino o cerveza: nublaba la mente, apagaba el interruptor y, en consecuencia, se sentía vulnerable. No podía permitirse ese sentimiento.

     Veía en los ojos de Héctor quién deseaba él que fuese, pero esa mujer ya no existía, y quizás nunca regresase.

    Una vez que tomó la iniciativa de divorciarse de su marido, un hombre que la maltrataba, comenzó clases de defensa perso­nal, talleres en la Asociación Media Vuelta y, posteriormente, a practicar taekwondo. A pesar de eso, continuaba siendo una mu­jer insegura con un cúmulo de miedos. La oscuridad devolvía los antiguos fantasmas y las cuatro paredes de la casa se convertían, al mismo tiempo, en refugio y prisión.

     Desde entonces su rebeldía se había trocado en resignación; la risa que antes inundaba la estancia, en media sonrisa tatuada para denotar una felicidad fingida; y las ganas de vivir, en una espera agónica de su propia muerte.

     Llamó a Héctor para cambiar de planes: se presentaría en su casa cuando terminase de enseñar una vivienda a unos clientes.

     Entró en la nueva casa de su cuñado. Un salón comedor diáfano daba sensación de amplitud. La cocina, completamen­te equipada con muebles hechos a medida, combinaba el acero inoxidable y la madera en tonos blancos y granates. La zona de co­medor disponía de una gran mesa de madera con parejas de sillas asimétricas para obtener un tono informal y desenfadado. La sala de estar tan solo contaba con dos sofás de piel blanca con cojines de diseño, una pantalla plana y un home cinema. Carecía de ob­jetos decorativos: lámparas, cuadros, portarretratos, alfombras…

     La hermana de Lara contempló a Héctor: acababa de afeitar­se; sospechaba que lo hacía siempre que quedaban para no aparen­tar dejadez y no preocuparla. Interiormente reconoció que al salir aquella mañana ella había actuado del mismo modo, e iba más arreglada y maquillada que de costumbre.

     Se sentaron en la mesa del salón comedor con dos tazas de café. Héctor colocó un pequeño plato con pastas de té. Decidió romper el hielo, buscando el punto de arranque adecuado, según las pretensiones que ambos habían estado madurando para aque­lla fecha.

     —¿Qué significa tu nombre? —preguntó Héctor.

     Saoirse era un nombre de origen irlandés que significaba li­bertad. Llevaba mucho tiempo sintiéndose fuera de lugar cada vez que alguien lo decía en voz alta. Desde la adolescencia, si alguien lo pronunciaba, ella repetía en su cabeza: libertad. Mantuvo aque­lla costumbre, pero hacía mucho tiempo que le venía grande. Sin ir más lejos, la vida que estaba llevando desde hacía más de cinco años era una prueba fehaciente de cuánto se alejaba del significado que se le atribuía a su nombre.

     Héctor había adquirido la costumbre de preguntarle por este aspecto cada cierto tiempo; era una forma sutil de averiguar cómo se encontraba. Esta vez estaba preparada, había elaborado una res­puesta más o menos plausible.

     —Ya lo sabes: libertad —dijo Saoirse.

     Héctor dio un largo sorbo al café. Saoirse había cogido la cucharilla para remover el azúcar, pero aún no había echado sus dos terrones habituales. Estaba nerviosa. Él cogió dos cuadraditos blancos con unas pinzas y los introdujo en la taza. Ella se mordió el labio ante el despiste y la pregunta que se avecinaba.

     —¿Y qué es para ti?

   —Es algo demasiado grande para una sola palabra —dilu­cidó Saoirse, mientras ayudaba a los azucarillos a disolverse—. En nuestra sociedad, la libertad es la capacidad para decidir entre diferentes opciones y sus consecuencias.

     —¿Lo acabas de leer en un libro? —bromeó Héctor.

    Saoirse le guiñó un ojo, esperando robarle una de esas sonri­sas que irradiaban ternura y complicidad entre ambos. La obtuvo.

     —Puede.

     —¿Y crees en eso?

  —¡Uf! ¡Qué más da, Héctor! —Saoirse se revolvió en el asiento. Se odió: como siempre, había construido una respuesta demasiado elaborada, y Héctor no la había pasado por alto. Su cuñado, aún seguía llamándolo así, la conocía bien y era capaz de leer entre líneas. Estaba convencida de que, además, había detec­tado su poco grado de convicción.

    —Es importante para mí, quiero saber tu opinión.

    —No tengo ninguna opinión.

    —¿Cómo?

 —Ya me has oído. Nada de nada. Cero opiniones.

  —No quieres hablar de esto… —intuyó Héctor—. Hable­mos de otra cosa. ¿Qué tal tu casa nueva?

    Un silencio hueco se hizo entre ambos. El veterinario la con­templó. Recordó el calendario, las mil cruces, necesitaba avanzar, era consciente de ello; pero su cuñada también, y no estaba dis­puesto a dejarla atrás. La respuesta de Saoirse hizo saltar todas las alarmas de su cerebro; llevaba demasiado tiempo esperando a que contestase a aquella pregunta y no le cupo la menor duda: lo hacía mediante un breve discurso elaborado.

     Saoirse dudó unos instantes y habló, lo necesitaba desde hacía tiempo.

    —Está bien…

    —Sí, es perfecta —confirmó Héctor.

   —No me refería a la casa. Contestaré a tu eterna pregunta.

    —¿Estás segura?

   —Sí, claro —afirmó Saoirse jugando con la cucharilla, que extrajo de la taza y dejó sobre el plato. Dio un pequeño sorbo de café—. Me conoces bien, sé que sabes la respuesta. Dejé de creer en los cuentos de hadas hace mucho tiempo, la frasecita de «el amor te hace libre» no es para mí. Eso me parece salido de una no­vela rosa, con mariposas de colores, con un vecinito que se pone a ensayar el saxofón o el arpa cuando paseas de la mano de tu novio por una calle desierta. En mi caso, seguramente, se le romperían un par de cuerdas o desafinaría como un principiante.

    Dicho esto se llevó las manos al pecho, puso los ojos en blanco y fingió un desmayo. Al contemplar la escena Héctor ar­rancó a reír y contagió a su cuñada.

    —Héctor, si te hacen gracia mis payasadas es solo por un motivo. —La directora de la inmobiliaria hizo una pausa dramáti­ca—: Estamos estancados.

    —Por mi parte voy a dejar de estarlo. Hoy me encuentro diferente. ¿Has traído lo que te pedí?

  El veterinario puso en la mesa los almanaques llenos de cruces. Saoirse hizo lo mismo. En los suyos se apreciaban dos mar­cas diferentes: una desde la separación de su exmarido y la otra desde la muerte de su hermana.

    —Sí —dijo resignada Saoirse—. ¿Qué vamos a hacer con ellos?

    Héctor arrugó la frente y puso el gesto de un niño al que acaban de sorprender en mitad de una trastada y espera la regañina de su madre. No había meditado sobre cómo hacerlo, solo en la necesidad de desprenderse de ellos.

 Ambos barajaron diversas opciones: destruirlos, quemarlos o abandonarlos a su suerte. Ninguna parecía bastante buena o acertada, todas podrían conllevar algún tipo de secuela emocional. Después de un análisis de los pros y los contras, optaron por intro­ducirlos en un contenedor de reciclaje, así volverían al comienzo de la cadena transformados en cualquier otro objeto de papel: un folio en blanco, parte de una libreta, un libro… Determinaron ir juntos y no posponerlo por más tiempo.

    —Ahora necesitamos un discurso, como el de los capitanes de los equipos de fútbol en las películas americanas —solicitó Héctor.

      —Bien, te escucho.

  —¿Yo? Será mejor que lo hagas tú —manifestó él.

   —De acuerdo. ¿Cómo empiezo?… —Saoirse pasó la mano con suavidad por su sien. —Apartaremos de nuestra vida los pen­samientos negativos y autodestructivos. Usaremos el calendario como las personas normales: para restar días a nuestras vidas, y no para alejarnos resignados de fechas torturadoras para nosotros. Después de la tormenta llega la calma, pero nadie te advierte de que la casa se queda desolada y hecha añicos.

    —No suena demasiado alentador. No es un buen discur­so—protestó el veterinario.

    —Es la cruda realidad —remarcó Saoirse.

    El silencio se coló otra vez entre ellos. Él decidió cambiar de tema.

    —Hablando de casa… ¿Amueblaste la tuya?

    —¡No! —admitió mirando al suelo.

  —Cuando uno cambia de casa —Héctor arqueó las cejas e hizo un suave gesto de afirmación en su discurso detrás de cada pausa—, la amuebla; trabajas en el sector, deberías saberlo.

    Saoirse entrecerró los ojos y se mordió la sonrisa incipiente de sus labios. Señaló con la mano la escasez de objetos decorativos en contraste con la amplitud de la vivienda para refutar su teoría.

    —De acuerdo, no soy el más indicado para decirte esto —replicó Héctor—. Podemos ir juntos de compras. Será diverti­do y nuestro segundo paso, por algo hay que empezar, ¿no crees?

   —Me da miedo el brillo en tus ojos… ¿Te mantendrás ale­jado de la caja de herramientas?

     Héctor frunció el ceño.

    —Por supuesto que no, no vas a privarme de la diversión.

 —Vale, pero nada de tirar muros, hacer zanjas, ni cosas por el estilo —refunfuñó la directora de la inmobiliaria.

    Saoirse entregó un sobre a Héctor.

    —Este sobre es para ti, me lo dio Lara. Me pidió que te lo entregase cuando pasase un tiempo prudencial desde su muerte; dijo que tú lo entenderías.

     —¿Lo has leído? —preguntó el veterinario.

  —Sí. Tenía miedo de no dártelo en el momento oportuno. Espero haber acertado.

   Héctor abrió el sobre delante de su cuñada; dos lágrimas gruesas cruzaron su rostro con rapidez y dejaron una tenue man­cha en el suelo. Saoirse lo abrazó. Se aferró a ella.

    —Lo siento, Héctor.

    —Lo sé.

    —¿He esperado demasiado?

    —No, es el momento justo —declaró él.

    En el sobre leyó una palabra escrita en español y en cursiva: ve.

 

 

Disponible en Agapea

https://www.libreriaproteo.com/libro/ver/id/2146248/titulo/media-vuelta.html

Otras librerías en la provincia de Málaga: Luces, Rayuela, Delta, Pérgamo y Teseo. En Jaen: Don libro.

DISPONIBLE EN FORMATO DIGITAL EN AMAZON.

 

21 comentarios sobre “Media Vuelta (capítulo 1)

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  1. Me gustó mucho la manera de narrar los hechos, muy sobria y descriptiva, que nos introduce en una muy amena lectura. Estoy seguro que debe ser un interesante y apasionante libro (lo intuyo por esta introducción que acabo de leer) y me encantaría leerlo completo y espero que tal vez contemples la posibilidad de seguirlo publicando por entregas en tu blog, pues para algunos de tus seguidores (como es mi caso) se nos haría muy difícil adquirirlo incluso por Amazon ya que estoy en Venezuela, un país empobrecido y arruinado en el que conseguir un Euro es más difícil que ganarse el gordo de la lotería y la devaluación de nuestra moneda es una limitante al momento de comprar cualquier artículo en divisa extranjera ( o moneda fuerte).
    Ha sido un placer comenzar a leerte y espero seguir visitando tu blog para deleitarme con tus letras mi estimada autora Alicia.
    Recibe un abrazo de luz y muchas bendiciones.
    Namasté.

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      1. Tal vez no supe explicarme mi estimada Alicia en mi primer comentario, pues para mí un buen libro es una obra de arte, un pieza invalorable y como tal cualquier precio que se le “asigne” como valor de cambio siempre será ínfimo en relación a su verdadero valor cultural o intelectual. El precio de tu obra en Amazon es realmente económico y asequible para cualquier ciudadano del primer mundo o incluso para alguien del tercer mundo que habite en un país libre y democrático, lo cual no es el caso de Venezuela, mi pobre país, otrora próspera y floreciente nación latinoamericana, convertida hoy en una “república bananera comunistoide” donde no tenemos acceso a divisas extranjeras ni a ningún instrumento de pago como Pay Pal, para poder realizar transacciones en otras monedas como se hacía cuando eramos un país libre y democrático. Ahora somos un país dirigido por una Narcotiranía, arrasado por una banda de delincuentes y forajidos respaldados por unos militares corruptos, bajo las banderas del Castro-comunismo caribeño… toda una tragedia griega con suficiente material para escribir una novela histórica…
        Te reitero mis disculpas por no haberme sabido explicar en mi primer comentario mi estimada AAA ya que nunca quise expresar que no “pudiese desprenderme de un euro” a cambio de una excelente novela como todo parece indicar que es “Media Vuelta”
        Deseaba simplemente expresar lo lamentable que es vivir en un país comunista en el cual no tienes libertad económica para adquirir cultura…
        Recibe un abrazo de luz.
        Namasté.

        Le gusta a 2 personas

      2. Gracias por la aclaración. Es una realidad que me preocupa, ¿sabes? Leer es una necesidad casi básica para mí, por eso hay un precio desorbitado de diferencia entre el impreso y el digital. Para que pudiese leerlo todo el mundo que quisiera. Si Amazon me da opción a ponerlo gratis algún día lo haré. No te quepa duda. 😉

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      3. Bueno, ya no recuerdo en qué hilo te puse: intentaré subirlo gratis a Amazon. Lo he puesto desde el 9 al 13 Agosto 2018 de forma gratuita (los cinco días que permite la plataforma). Aún no se ha activado, claro.
        Sé que tienes dificultades para comprarlo desde la página de Venezuela, intenta probar con la de España.

        Le gusta a 1 persona

  2. Mi estimada Alicia te copio a continuación el mensaje que emite Kindle / Amazon al tratar de comprar tu libro desde Venezuela:

    Victor Torres van Grieken; no puedes comprar este título.
    Debido a las restricciones de copyright, el título de Kindle que está intentando adquirir no está disponible en su país: Venezuela.

    Le gusta a 1 persona

  3. Me pareció muy interesante tu primer capítulo, sobre todo porque veo que va a tratar del tema de la comunicación con alguien que ya trascendió. Voy a buscar los otros capítulos, porque es algo que estoy viviendo.

    Yo he tenido la intención de autopublicar mi segunda novela y uno o varios tomos de poesías, pero no he encontrado el tiempo para hacerlo, estoy en la racha de los poemas, apenas y me doy el tiempo para visitar de vez en cuando algunos blogs de amigos.

    Abrazo de luz

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    1. Gracias por pasarte a comentar.
      Hay dos capítulos más.
      El tema de la comunicación con alguien que ya trascendió aparece en el libro, pero no sé si del modo que esperas, la verdad.
      Lara desde el capítulo 1 ya ha fallecido. Antes de irse entrega 2 mensajes.

      Le gusta a 1 persona

      1. Yo tambien estoy de descanso en la segunda parte de este libro. A veces es necesario. Y para no perderme mucho hago como tú: relatos cortos, prosa poética y láminas con fotografías y mensajes.

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      2. Sí, por eso me interesó mucho más, mi amado también dejó mensajes previendo su muerte y luego se comunica conmigo. Ya iré viendo qué pasa en la novela, poco a poco, porque la falta de tiempo es agobiante.

        Abrazo de luz

        Le gusta a 1 persona

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