Muda y ciega

Tengo los ojos ciegos,

gastados,

de contemplar el bello torso

que luciste al mar blanco

y a la Luna roja;

son fotogramas de un recuerdo

que nunca descansa.

Mi lengua en cuanto dejó de saborearte,

omitió toda palabra

y se lapidó.

Y mueren los latidos

amparados en frases de consuelo

que recito en cada atardecer

como una cantinela

que debo memorizar

y que no comprendo;

como fechas de una historia no vivida,

como un 2×4,

como una marca en un mapa

que señala un punto

donde estalló una guerra.

Quizás en esta guerra no murió nadie,

es cierto,

tan solo murieron esas cosas

que nunca deben nombrarse

porque carecen de vida propia

aunque sean el motor de empuje

y la causa de la desdicha.

¿Para qué nombrarte, amor,

si tú ya me has olvidado?

Alicia Adam

Fotografía Canva Pro

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