TUYO SIEMPRE, DANY

Abrí los ojos en el momento en que la alarma sonó; las 8:00 a.m. del viernes 14 de febrero. Quise cerrarlos y volver a dormir para siempre, pero el timbre de la casa sonaba; de esa casa que me quedaba tan grande desde la muerte de Dany, hacía ya ocho meses. En la puerta me esperaba un repartidor con un gran ramo de mis flores preferidas con una tarjeta firmada por Dany y que decía:

Te prometí que nunca te faltarían flores

en el día de los enamorados

Tuyo siempre, Dany

Aturdida le di las gracias y una miserable propina. Cogí el ramo de flores, lo eché con desprecio en el asiento del copiloto y seguí al repartidor. Veinte minutos de trayecto después, paró en una elegante mansión colonial con un ramo de flores similar al mío. Una mujer morena con caderas anchas tomó el ramo y al leer la nota sucumbió a un ataque de nervios y empezó a golpear al repartidor con las flores. El intentó zafarse mientras caminaba a duras penas hasta el coche; pero se resbaló.

Una mujer se aproximó a la ventanilla de mi coche y me enseñó la misma composición floral, después señaló a la que yo tenía en el asiento.

—Quizás, ella sea Julia —me dijo con una sonrisa torcida.

—No, Julia soy yo. ¿Tú eres Celia?

—No, Rosaura.

—Puede que sea un fallo de la floristería al montar los pedidos —dije con un atisbo de esperanza.

—Este es Dany. —Sacó el móvil y me mostró una foto que seguía dominando el salvapantallas.

Rebuscó en la galería de imágenes y me enseñó las típicas fotos de pareja que pretenden ser naturales, pero que no dejan de ser posados. Vi cómo compartían un beso, una puesta de sol en un acantilado, y un sinfín de mierdas que también había compartido conmigo y a saber con quién más.

—Es él. —Le enseñé una foto en la que tomábamos café en Italia. Recuerdo que me sentí incómoda por el cuchicheo de los camareros a mi espalda. En ese instante, era tan feliz que no quise darme por aludida. Ella deslizó el dedo por la pantalla y me mostró una foto idéntica a la mía. —Menudo cerdo, cabrón, hijo de la grandísima puta —estallé en un listado de improperios y maldiciones.

—Quiero saber a dónde llega esto, ¿te apuntas? —me preguntó mientras me impulsaba con una mano en la espalda hacia el origen de la disputa.

—Sí —contesté helada. A esas alturas necesitaba saber a cuántas mujeres tenía disponible en su paleta de colores. Ninguna nos parecíamos físicamente e intuía que nuestras personalidades eran también dispares. Cogí del coche el ramo de flores. —Vamos.

—¿Tú también quieres golpearlo con las flores?

—Claro, ¿no me digas que a ti no te entraron ganas? —bromeé, aunque vi en su semblante que dudaba de mis intenciones y reculé. —Me controlaré.

Nos acercamos con celeridad. Ella tiró el ramo al suelo y yo la imité. Rosaura redujo a la mujer con nombre aún por determinar y yo ayudé al hombre a levantarse. Leí en su placa que se llamaba Juan. Era un señor de unos cincuenta años, pelo ralo, barriga prominente y de carácter blando.

—Es mi primer día de trabajo, necesito este trabajo, me van a despedir, tengo que pagar la manutención de mis hijos. Por favor, deje que me vaya señora. —Vi que tenía arañazos en las manos y en la cara y lloraba como una magdalena. —Haré lo que me pidan, pero deje que me marche, necesito completar el trabajo o me echarán a patadas.

—Ya basta —interrumpió la mujer de temperamento irascible, más tarde supe que ella tampoco era Celia, pero no quiso decirnos su nombre. Algo que consideramos absurdo porque sabíamos dónde vivía y averiguarlo era tan sencillo como mirar en el buzón. —¡Abra el maletero de la furgoneta! Juan se encaminó vencido a cumplir la orden. Las tres nos quedamos estupefactas. —Será hijo de puta, ¿cuántos pedidos hizo?

—No puedo decirle eso, son normas de la empresa no damos información de los encargos.

—Claro que puede o le desmontó el chiringuito ahora mismo —cogió un ramo de flores y lo amenazó.

Juan agachó la cabeza y sacó una libreta de notas del bolsillo de la chaqueta.

—Hizo siete encargos con el mismo tipo de flores y nota. El nombre no debía aparecer, pero decidí incluirlo para facilitarme el trabajo. Cuando estaba montando el pedido recibí una llamada de mi exmujer y… Bueno, ya saben el resto.

—¿Siete mujeres? —preguntó Rosaura arrebatándole la libreta.

—No, cuatro mujeres y tres hombres —se acercó y le señaló el pedido.

#MismoInicioDiferenteFinal

Intro en cursiva propuesta por @MaruBV13

Foto destacada descargada del fondo gratuito en pixel de:

Natasha Fernandez

Natasha Fernández

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