El camino más rápido (relato)

Alex odiaba pasar por el cementerio por las noches —aunque era el camino más rápido de camino a casa—, pero aquella noche era demasiado su cansancio y ansiaba dormir; así es que, al llegar a la puerta, no lo dudó y entró en el camposanto. Un cementerio plateado donde la luna llena que lo coronaba reclama aullidos para sentirse completo. Como de costumbre para evadir sus pensamientos, refugió la mirada en el suelo y dejó que los pies le guiaran en modo automático hasta el portalón de la salida más próxima a su vivienda. Sintió que los habitantes de aquel lugar estaban más vivos que él. Su subsistencia se mantenía con un día compuesto por una jornada con más horas laborales de las que cualquier cuerpo podría resistir. Morir le pareció un premio y un descanso que no merecía.

Escuchó cómo tarareaban una vieja canción de la infancia y buscó el origen. Un hombre con aspecto siniestro estaba frente a una tumba vacía con una perla negra en la mano. Se preguntó, «¿qué hace allí?, ¿está loco?» A los pocos metros la curiosidad pudo más que el cansancio, regresó tras sus pasos y se acercó.

—Cuando llamas a la muerte, reconoces su presencia. —Alex quedó sobrecogido por aquel pensamiento que había verbalizado en voz alta.

—La muerte nunca duerme —le contestó como si fuera el saludo de una hermandad secreta.

—¿Por qué una ofrenda a una tumba vacía cuando existen tantos muertos olvidados?

—¡Abre los ojos! ¡Fíjate bien! Tu alma está ahí —apuntó con un dedo al hueco— tu cuerpo es solo una carcasa vacía.

Alex notó cómo se le erizaba la piel; se vio así mismo desde el hueco de la tumba: un hombre acabado que aparentaba diez o quince años más, con los hombros vencidos por el agotamiento. Sus ojos azules se hallaban ennegrecidos por la amargura.

—De todas las preguntas que quieres hacerme —supo la muerte— te concedo la respuesta a una. Elige bien.

—¿Has venido a completar mi muerte?

—He venido a completarte.

—De acuerdo, ¿qué tengo que hacer?

—Tres ejercicios son necesarios para unificar cuerpo y alma. Lo simbolizaremos con una ofrenda: una rosa a una tumba vacía. —La muerte le entregó la rosa negra que portaba. —La primera ofrenda será una rosa negra, en tu caso simboliza que has reconocido que estás más muerto que vivo. Colócala en el jarrón.

Alex acató la orden en silencio. Esperaba notar algún cambio interno o externo, que su silueta se desdibujara, pero no experimentó nada.

—Los muertos no padecen —leyó sus pensamientos.

—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó Alex.

—Traerás una rosa roja para representar el amor que ha regido tu vida.

El hombre salió del camposanto con un propósito. No supo determinar el sentimiento que albergaba: ¿alegría?, ¿tristeza? Ser un difunto era un deseo, un deseo lejano, de esos que sabes cómo precipitar, pero que el atrevimiento se ve frenado para «los después»: cuando firme la nómina de los empleados, no puedo dejarles con el culo al aire; hasta que concluya la montaña de informes de mi mesa, no es plan de que el nuevo se vea con tanto trabajo o piense que soy un incompetente; tras el cierre de la última empresa anexionada, así dejaré un más y mejor a los empleados…

Se cuestionó, «¿a quién amé en mi vida? ¿Me he sentido alguna vez amado? Un no rotundo contestó. Y murió la noche y nació el día con aquella respuesta convertida en sentencia.

En los documentos de aquella mañana quiso ver los ojos de Sofía, su primera novia; la sonrisa de Amanda, su prometida, aquella mujer que perdió la ilusión de casarse ante la lista que había confeccionado para la boda. Demasiada descompensación entre los invitados de ella y los de él. «¿Con qué clase de hombre voy a casarme que no tiene a nadie en su lista?», fue su particular forma de dejarlo. Le hubiese gustado llorar por aquella ruptura, pero era consciente de que no se puede lamentar la pérdida de alguien a quien no se quiere. Fue sincero consigo mismo: «el amor de mi vida es mi empresa».

Llegaba al cementerio demasiado pronto, se reprendió, «quizás la muerte no me esté esperando». ¿Acaso importaba? Él la aguardaría como un amante inseguro e impaciente ante la siguiente cita.

—¡Ya sabes cómo funciona esto! Coloca la rosa roja dentro del jarrón. Hay quienes intentan engañarme y cuando eso ocurre la rosa se volatiza —advirtió la muerte. —Las consecuencias serían nefastas para ti, ¿estás seguro de que has aceptado cuál es tu verdadero amor?

—Nunca fui un hombre de autoengaños. —Colocó la flor en el jarrón. Por un instante, creyó vislumbrar un destello en el recipiente, una especie de comprobación de la veracidad de sus conclusiones.

—Segunda prueba completada. Mañana será una rosa blanca como imagen de la inocencia presente en tu vida.

El hombre echó en falta alguna alabanza hacia su esfuerzo y sinceridad. Segundos después se recriminó por ser tan infantil, era un adulto, no un niño pequeño que necesitara confirmación constante del trabajo bien hecho.

Al llegar a casa sintonizó en you tuve en modo bucle la banda sonora que compartían el cielo y el infierno: Carl off o Fortuna, Carmina Burana.

La inocencia no tenía cabida en mentes dotadas de perversión, locura o torturadas. Él pertenecía a uno de esos sectores. Estimó que la locura era el mejor de ellos y deseó estarlo. Anheló ser un viejo loco enamorado de la vida que se resistía a irse al otro barrio en una habitación blanca rodeado de seres queridos. Permaneció la noche en vela abrazado a uno de los libros de su infancia: Alicia en el país de las maravillas, Lewis Carroll.

Presente en la tumba vacía en la última noche del cómputo, pensó que la muerte siempre llegaba cargada de preguntas que era mejor no responder. Y como si ese pensamiento abriera el mundo de lo desconocido se personificó para corroborar cómo colocaba la flor.

—Tu cuerpo y alma se han unificado.

—¿Cómo es posible? —dudó Alex —me siento mas vivo que nunca. —¿Todos los muertos tienen esa sensación?

—No estás muerto. Has vuelto a nacer, dispones de eso que los humanos llamáis una segunda oportunidad.

—Y ya está… ¿por qué? ¿Se supone que debo darte las gracias? —inquirió. La parca desapareció sin ofrecer réplica.

Alex regreso al mismo lugar la noche siguiente. Desde una distancia prudencial para no ser visto, vislumbró a una silueta vestida de negro que entregaba una rosa negra a una mujer embarazada envuelta en desconsuelo. Recordó o creyó recordar que un anciano ocupaba su lugar cuando la muerte se le apareció el primer día.

Observaciones:

—Reto #MismoInicioDiferenteFinal.

—Título e intro (en cursiva) propuesto por @MaruBV13.

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