Media Vuelta (capítulo 2)

CAPÍTULO 2

HÉCTOR

CASA DE HÉCTOR (BRISBANE)

 

Martes, 7 de febrero de 2017

Mañana

 

En penumbra, Héctor reconoció desde la silla de la cocina el vacío de su nueva casa. Los muebles brillaban por su ausencia, y los pocos objetos presentes en la sala eran demasiado jóvenes para guardar recuerdos de mejores tiempos o sufrir por la ausencia de manos queridas. No hizo la maleta, ni empaquetó ningún objeto decorativo ni personal. No tomó ningún recuerdo de su anterior casa, y nada de lo que llevó consigo había sido impregnado por el olor de Lara o tocado por sus suaves manos. Tomó esa decisión con esfuerzo y determinación, asumiendo las consecuencias de la pérdida emocional y económica. Donó todos los objetos y el mo­biliario al convento de Santa Catalina, no deseaba encontrarlos en casa de su hermana, su madre, sus amistades…; pero se resistía a desecharlos de forma permanente de su vida. Odió aquellos objetos, custodiaban su risas y mejores tiempos con pulcra fidelidad, sin dejar escapar una gota. El silencio presente le recordaba la ausen­cia de Lara. Dejó caer un vaso como advertencia.

Lara murió, y con ella las ganas de burlar el tiempo, de via­jar lejos y a ninguna parte envuelto en su abrazo, de volar con la imaginación a mundos inciertos, donde el reloj no moviese sus manecillas a su antojo; demasiado rápido entonces, y con inten­cionada lentitud en un ahora saturado de horas interminables. Una coreografía de actividades, de quehaceres, compromisos im­puestos, hacía más llevadero su propósito de gastar las horas del día. Sin embargo, la noche no cumplía ninguna norma externa, creaba sus propias reglas. El cuerpo demandaba su merecido des­canso, y la mente, por fin liberada de las manos laboriosas que pretendían confundirla, reclamaba evocaciones para saborearlas tanto en el paladar como en la comisura de sus párpados vacia­dos por el dolor.

Por encima de él se hallaba Dios. Héctor quiso abandonar su camino; finalmente no lo hizo, a pesar de sumirse en una rabieta sin fondo de preguntas sin respuestas, y de cuestiones que le daba pavor formular: ¿por qué ella? ¿Por qué de ese modo? ¿Sufrieron? ¿Podría haberlo evitado?

Cuando sellaron su tumba, la de Lara y el bebé, ya no queda­ba nada para él. Se aferró a un abrazo etéreo dentro de ese cubícu­lo; y mientras el cuerpo y el alma de Lara danzaban en el cielo, él permanecía bajo aquella losa fría de mármol.

Después de mil cruces de distancia entre ambos, más que la presencia de Lara, nació su ausencia: no sacaba su cubierto, no marcaba su número para llamarla, no recorría la casa buscándola a la llegada del rancho, o del gimnasio, para el beso de bienvenida ni para la charla animada sobre el transcurso del día.

No sabría determinar cuándo dejó de pensar en los dos, y en los cambios que supondría en sus vidas la llegada de un bebé, pero sí cuándo había comenzado su pequeña andadura fuera de aquella tumba, cargado de sombras, remordimientos y miedo: con la ven­ta de su casa, la renuncia a los objetos y posesiones compartidas con ella y el reciclaje del almanaque con las mil cruces.

Los imperativos de sus familiares y amistades —sal, diviérte­te, conoce a otras personas y amplía tu círculo, da una oportunidad a alguna mujer— caían en saco roto. Sus buenas intenciones le paralizaban. Tan solo Bea se mantenía al margen de los consejos no requeridos, escuchaba y padecía con él la ausencia de Lara. A Héctor le asustaba el cortejo, las insinuaciones las pasaba por alto, los teléfonos de futuras citas los guardaba en una caja y quedaban en stand by; hasta que finalmente resolvió depositarla, con su con­tenido, en la chimenea.

En un primer momento, le proporcionó serenidad ver cómo se consumían entre las llamas. Después fue consciente: nunca las habría llamado, pero con su actitud, su barco nunca tomaría otro puerto. El paso seguía cerrado a cal y canto, no dejaba cruzar el umbral a nadie. Determinó desprender el cerrojo y abrirlo. Espe­raría sentado. Quizás la persona adecuada actuaba de igual modo y nunca llegaran a cruzarse. Recordó la silueta del sueño de Lara; ¿quién era? ¿Alguien que ya estaba en su vida o pendiente de su llegada? Sacó la hoja donde había apuntado los significados de la palabra «ve». Los releyó varias veces en voz alta. Quizás la silueta era él mismo implorando entrar en su vida. Se sintió incómodo, observado, infiel al recuerdo de su esposa.

Héctor recordó la visita de Erin y Connor, los padres de Lara, en el primer aniversario de su muerte. Le suplicaron que rehiciera su vida y despojaron su casa de cualquier cosa que llevara el nombre impreso de su hija: ropa, calzado, objetos personales, fotos, retratos… Él permaneció impasible en el sofá, mirando una televisión desconectada, una superficie inerte, donde paradójica­mente transcurría el vídeo de sus últimos años con ella. Respetó el deseo de su familia a pesar de sentirse ninguneado, sin voz ni voto para decidir sobre sí mismo y su forma de afrontar la pérdida. Quiso pensar que una terapia se hallaba implícita para ellos tras cada objeto guardado, tras cada cuadro desanclado de su piel de pared. No dijeron qué harían con todo aquello ni tuvo voluntad para preguntarlo. Cerraron la puerta, pero él seguía allí: el mayor recuerdo de Lara, su imagen en el espejo.

Veló el armario desnudo. Lloró hasta que los rayos del sol le avisaron desde el cielo de que otro día amanecía. Nacían nuevas horas necesitadas de trabajo, si quería menguar el dolor y pospo­ner la cruda realidad hasta una nueva noche en blanco.

Echó en falta todas aquellas piezas de atrezo, y al mismo tiempo sintió que no habían barrido la casa lo suficiente. Seguía allí la lámpara que compraron en su viaje de novios, sobre la mesi­ta que trajeron del mercado medieval. Y esta, a su vez, descansaba encima de la alfombra que tantas veces les había cobijado y había recogido sus ropas despojadas con premura, o con la lentitud de creerse, inconscientes, dueños del tiempo y estandartes de la pa­sión contenida.

Aún conservaba puestos su anillo de casado y el de Lara en el dedo meñique de la mano izquierda, además de una foto del cua­dro donde Lara representaba a La Mujer Viento. Aparecía hasta la cintura sobre una cama de color sepia con rosas rojas y hojas secas, tumbada de costado, con una mano en la que llevaba dos braza­letes gruesos y dorados posada delicadamente en la cabeza. Para otorgarle mayor sensación de dinamismo, los pétalos le cubrían el pelo, el brazo y el vestido. Su rostro quedaba de perfil e inclinado hacia abajo. La barbilla se posaba sobre su hombro. El cabello rubio ceniza caía en bucles, movidos por el viento; mechones de forma desenfadada cruzaban la frente y la cara. Sus ojos grandes y verdes, perfilados con una raya negra, destacaban en el cuadro; los labios definidos y matizados en marrón y los pómulos marcados con un suave colorete de la misma tonalidad realzaban su rostro. Para dotar la escena de mayor carácter mitológico, Lara pidió la técnica de la veladura con una ligera transparencia en el vestido en la zona del vientre. Un lazo dorado y otro granate ondeaban desde su hombro izquierdo al costado derecho, con los extremos hacia delante. Dos mariposas de colores tenues quedaban alojadas en la esquina inferior izquierda del cuadro.

 

Alicia Adam

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