El Hombre sin rostro (relato gótico)

31 de diciembre

Nuestro anfitrión se paró frente a la puerta del cementerio y con voz entrecortada por las caladas que daba al cigarro y que había vuelto su voz añeja explicó:

-Sepan. Que en este cementerio murió el Hombre sin rostro, sin compasión, sin atisbo de perdón ni amor. Fue el fantasma con quien se atemorizaba a los infantes para que fueran obedientes; a los adolescentes para que no andaran a horas intempestivas por las calles y a las ricas señoronas que usaban la escoba para apalear a sus sirvientas.

Alguien tosió y el sonido pareció que amortiguaba un quejido siniestro salido de las entrañas de la Tierra. Nos miramos sin querer mostrar nuestro estupor y sin atrevernos a ser el primero que hiciera un comentario del tipo que fuera. Centramos nuestra atención en nuestro anfitrión, Lu, esperando a que el nos sacara de nuestras sospechas con alguna banalidad. Sin embargo, el continuó narrando aquella historia.

-Sepan que a su aparición le precedían los lamentos de la Tierra Santa, donde de forma inapropiada fue enterrado. Llevaba en su mano una perla negra que, una doncella compadecida por su alma le colocó primorosamente enlazada entre las manos. Sepan que en la noche más vieja del año, se le ve vagar con aquella rosa negra convertida en piedra. Y sepan, que busca a aquella alma pura que rezó una plegaria para que la oscuridad no le acompañara al más allá.

Alicia Adam

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