Las redes y yo, Darío D’Novoa

Esta entrada ha sido escrita por Darío D’Novoa a quien sigo en Facebook e Instagram. Le solicité que escribiese algo sobre las redes sociales. Y aquí está. Espero que os guste tanto como a mí:

Publico en redes durante nueve años. Y así como estas fueron evolucionando, yo también fui modificando el uso que de ellas hacía. El impulso principal de cambio no solo fue por el avance tecnológico de las paginas, también la propia gente que me dispensa su lectura y aquellas que uno sigue, pone likes, comenta y comparte.

Pongo en las vitrinas que las redes me proporcionan, los versos y fragmentos de prosa que voy escribiendo, frases importantes y rescatables de famosos y de quienes no lo son o fueron tanto, los clásicos son infaltables y se llevan la mayor aceptación. Edito posts que voy elaborando con reflexiones aisladas o arrancadas de un poema o relato. Todo lo dejo ahí, no obligo a nadie a leerlas ni los invado por los canales privados, como el inbox, enviándoles mis escritos. No los etiqueto, no los comprometo a leerme, solo dejo que ello ocurra, con la esperanza de que cada uno de mis textos pueda servirle a alguien a reflexionar o se identifique con su particular momento. Cuando solo uno de mis seguidores acusa oportuno recibo de mi mensaje, mi labor se ve justificada y adquiere el compromiso de volver a intentarlo. Hoy puedo dar fe que cada día logro más de un cometido de esa naturaleza, consigo abrazar el alma de algún lector aportándole una vía de reflexión, una ventana de luz y ventilación espiritual o, como alguien decía por ahí, una pastilla para levantarle la moral.

En índices generales, esta actividad de leer al que publica genera patrones de comportamiento que van evidenciando su nivel cultural, su calidad de personas, sus problemas y carencias. Convierto mi pantalla en una suerte de cámara Gesell, donde veo lo que ellos hacen antes un espejo sin saber que los miro. El maquillaje que se untan, las flaquezas que muestran, los rollitos que ocultan. Sus conversaciones – no todos conversan-, sus comentarios –no todos comentan-, establecen los contrastes con lo que publican.

Parte de la miscelánea en la que he convertido mis espacios virtuales, son las preguntas sicotécnicas, que mediante una pauta bastante clara les plantea un reto, que cada quien cumple a su manera: pocos respetan las bases, otros se mandan un rollo interminable, aparecen las pretensiones de comicidad que son mi mejor lente de análisis, no faltan los que todo lo cuestionan y los que dicen cómo es mejor hacerlo sin que hagan nada. Ningún lee lo que el anterior puso, por lo tanto si están equivocados no corrigen su respuesta, aunque tengan los resultados en las narices. Pese a esto lo que me interesa es la participación de todos; acertados o no, permiten que enriquezca mi interacción humana, que conozca cada vez mejor al ser que me brinda su concurso, porque todos ellos me dan vigencia en sus espacios y me motivan a seguir publicando para ellos.

Son precisamente los sicotécnicos los que mayor intervención suscitan, muy a mi pesar por sobre mis poemas, que solo tienen masividad cuando la ilustración es una foto mía. Mis versos consiguen más likes que comentarios y la mayoría de comentarios son: hermoso, bello, genial y pocas son las personas que interpretan adecuadamente el fondo e intención de mi mensaje. Y los post se reparten: “Amen”, “Cierto”, “Es verdad”.

Es un triunfo que alguien se anime a compartirlos. Hace unos días colgué un poema que hablaba del antes y el ahora en la historia de un amor, que ilustraba con un medidor de tiempo derritiéndose sobre una mano y recibí el peculiar mensaje: “Impactante homenaje al reloj”. Aún estoy desconcertado. Es oportuno precisar que ya se sabe que no es lo que el poeta dice sino lo que el lector entiende.

No todos los que publican son como yo. Hay quienes obligan a leerlos, envían sus ofertas, y aun ofrecen los autógrafos de su ignota carrera, resúmenes de sus obras, tráileres literarios, extractos, poemas enteros, y diferentes otros escritos, al correo, al Messenger, a los mensajes privados de otras redes, como si un favor hicieran por ponerse más al alcance. Envían solicitudes de amistad o deciden seguir la cuenta nuestra y de inmediato ya están mostrando su obra, muy condescendientes y nunca me leen, no los veo por mis cuentas, no dan ni un like y todos aquellos al parecer son hermanos o parientes, tal vez checos o rusos, pues se apellidan Escritor y Escritora. En síntesis creen merecerse la lectura de sus textos pero nunca asumen leer al vecino, incluso llegando a pedir comentarios favorables inmediatos, a cambio de una devolución similar que no necesito.

Sé que muchas casas editoras, ahora obligan al escritor a ejercer ellos mismos sus políticas de marketing. En mi primera oportunidad de publicar rechacé una oferta que me ponía cinco mil ejemplares físicos en la puerta de mi dirección, para que yo los venda; debía según ellos convertirme en mercader, en mercachifle, en pregonero de mis ideas y dejar de escribir. No tendría la desvergüenza de aceptar una firma de autógrafos siendo un escribidor infame, más allá de lo recomendable y entendible. Reteniendo un alto porcentaje del valor venta del ejemplar, son ellos los que deben organizar y hacer ese trabajo, con la participación de los autores, claro está, pero en justa medida.

La lectura es un placer que nace del libre albedrío, uno se reserva el derecho de la escogencia, del disfrute total y del descarte inmediato, de ser correspondiente. Si se precisa una buena lectura, se va a los sitios donde se suelen vender las publicaciones y allí tras un buen paseíllo determinamos la compra, según gustos, necesidades y compromisos. Y también se hace uso de las redes sociales, para ver lo que está en su virtual vidriera sin aturdibles conminaciones.

Todas las redes sociales dicen tener normas que se imponen a los usuarios, pero estas solo se aplican mediante las denuncias, anónimas ante el denunciado. Pretenden regular las publicaciones en un marco social que preserve la moral y las buenas costumbres, evite la pornografía y violencia, la exposición infantil a estos flagelos. Sin embargos hay denuncias que las redes no ponderan adecuadamente. Me toco ser suspendido varias veces por el Facebook por denuncias en reiterancias de una sola persona, mujer, que le molestaba las ilustraciones que escogía para mis escritos. Por ejemplo, una de las fotografías que colgué, sacadas del propio Facebook, fue la de Mónica Bellucci, recostada de lado mostrando su gravidez, desnuda de la cintura hacia arriba, determinando 30 días de suspensión tras el reporte de esta moralista; hubo otra en la que una madre lacta a su pequeño retoño en la banca de un parque, infringiéndome otro periodo igual de suspensión. Al parecer a esta mujercita le molestaba todo aquello que tenga que ver con la maternidad. Lo peor es que la red secundaba. Dada la insistencia logré hacerle saber al gigante informático que, ante la recurrencia, era mi derecho internacional saber de qué se me acusaba y quien se constituía en mi terco inquisidor, obteniendo la revelación del nombre de la fémina en cuestión, su patria, ciudad de origen y residencia.

Agradezco todas estas manifestaciones, generosas y espontáneas, de lectores y amigos virtuales. Hacen voluntariamente que cada día me esfuerce en ofrecerles mensajes motivadores y convierta mis páginas en revistas de entretenimiento que sepan llevar un poco de conocimiento y reflexión adicional y contribuya a la lectura imperceptible de pequeños textos y se haga habito rutinario del ser humano tan renuente a leer en el común.

Darío D’Novoa

Añado algunas de sus publicaciones que han sido fuente de inspiración para mí:

21 comentarios sobre “Las redes y yo, Darío D’Novoa

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  1. estoy totalmente de acuerdo con el, y de la forma de ver el uso de las redes sociales, para mi es una liberación de ataduras de terceros, como el bien expone frente a las editoriales, ahora bien el publicar un libro, para un novel, es caro, necesitas tener un nombre, y si es asi tendras suerte si no el papel que escribes termina en la papelera de reciclado, aun así muchos de los que escribimos lo hacemos por que nos gusta y si a veces y solo a veces nos gustaría que alguien nos leyese y ejerciese la bonita labor del mecenazgo

    Le gusta a 4 personas

    1. Una letra y cambia todo: novel, nobel.
      Es difícil acceder a libros de autopublicados. No están en las librerías y no hay posibilidad de entrar si no perteneces a una gran distribuidora o haces tú esta parte, como dice Darío.
      Pasamos por las redes corriendo. Sin detenernos. Un rápido me gusta y a la siguiente publicación, como mucho.
      Yo le pedí a Darío que escribiese como él influye con sus publicaciones, porque me encantó un comentario que le escribieron. Una señora que esperaba sus frases como empuje cada mañana, si no recuerdo mal.
      A veces, lo que escribimos llega, aunque no recibamos un me gusta o un comentario.

      Le gusta a 2 personas

      1. Lo tienes bien escrito. 😉
        Solo era parte de mi reflexión a lo que comentabas. Me ha encantado tu comentario sobre la publicación de Darío.
        Yo, lo sigo a diario. Y leo todas sus publicaciones, cada vez más elaboradas y mejores: poemas, reflexiones, láminas con múltiples posibilidades de interpretación… Y, creo que podría tener su propia blog.

        Le gusta a 2 personas

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