Otro día, Alicia Adam

20180322_231901ESCENA 1

—¿Cuánto tiempo más necesitas para enfrentarte a tu último miedo?

—¿A qué te refieres?

—A nada, pensaba en voz alta, no tiene importancia —respondió con resignación. Optó por cambiar de tema como hacía siempre que presentía que la mirada la traicionaba y, que de sus ojos se entreveía el amor necesitado de caricias. —Pronto amanecerá. ¿Preparo café?

—No te molestes es tarde —sonrió viendo los rayos de sol despuntando en el horizonte. Se resistió a mirarla y que leyera sus sentimientos. Se contentó pensando que el brillo de su superficie cristalina bien podría tratarse de cansancio y unas estrellas Galicia de más; en lugar de aquella otra cosa que no se podía nombrar en voz alta y, que abarcaba todo su pecho henchido y amenazaba con hacerlo estallar en mil pedazos. —Debería marcharme, te he entretenido demasiado. —«No lo suficiente», pensó. Jugó con uno de los botellines vacíos al tiempo que imaginaba su sabor y el delirio de morder sus labios y deleitarse en su respiración entrecortada. Sonrió de nuevo. Ambas cosas no eran posibles, ¿o sí?

—Como quieras —musitó. «Podrías quedarte», afirmo en sus adentros. Una vez más calló y se cayó en el pozo sin fondo de las palabras encarceladas por el miedo. —¿Te acompaño al coche?

—¡No, no te preocupes! Hace frío iré dando un paseo… —«Aunque por dentro el calor me abrase» —Creo que aún no he bajado del todo los efectos de la cerveza.

—Está bien —prorrumpió con tanta indiferencia como fue capaz de hallar, quizás demasiada, pero aún así le pareció insuficiente. Se había propuesto recuperar los trozos de su corazón que le había ido ofreciendo en cada una de las no-citas, para después  guardarlo a buen recaudo. Sin embargo, nada de lo que había hecho o dicho aquella noche correspondía a sus pretenciones. ¿Cuánto tiempo le quedaría antes de perderlo por completo?

Cerró la puerta, se apoyó en ella y fue arrastrando su espalda sobre la madera hasta hundirse en el suelo. Un llanto mudo y húmedo nutrían sus mejillas y aprisionaba su garganta, una vez más, pero «esta será la última», se instó con la rotundidad suficiente para dudar durante unas fracciones de segundos, no más.

Al otro lado de la puerta, una mano acariciaba la superficie mientras otra retenía las lágrimas imaginando que las guardaba en el bolsillo de la chaqueta a la espera de un lugar y un momento más idóneo para degustarlas. Antes de marcharse acarició la carcasa donde guardaba su corazón, una vez más brindado e ignorado. Recurrió a su manida cantinela: «Tengo que ser fuerte y pasar página, porque está claro que no soy valiente».

 

ESCENA 2

El móvil la reclamaba. Descolgó.

—¿Qué tal?

—Tengo un poco de sueño, ya sabes, he pasado una de esas noches locas mirando al cielo y…

—Contando estrellas —la interrumpió.

—No, bebiéndomelas. —Mordió su lengua aunque imaginó que era otra la que mordía.

Rieron y el mundo se tambaleó, pero no lo suficiente.

Colgaron el teléfono con el firme deseo, por ambas partes, de haber permanecido entre líneas más tiempo y más cerca.

 

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