Mentir se le daba tan bien

Ya había sobrepasado la mayoría de edad algo más de una década, pero seguía creyendo que tanto fuera como dentro de un libro existían caballeros de tomo y lomo, princesas de sueños perdidos, puertas sin cerraduras que tan solo el valor conseguía penetrar, fuegos que ardían y recorrían las paredes de la estancia y, que se avivaban cuando dos amantes se desprendían con premura de las capas de piel artificial para quedar vestidos de forma natural.

Ya había sobrepasado la mayoría de edad algo más de una década, cuando se presentó frente al espejo a rendirle cuentas de su vida. Fue mucho lo que dijo de cada uno de sus logros, del pan que ponía en la mesa, de las risas que compartía, de los lugares visitados, de los libros saboreados y de los que estaban por llegar, de las personas que colocaban la mano en su hombro con cariño sin deslizarla hacia el cuello para estrujárselo o acariciar sus puertos escondidos sin invitación.

Sin embargo, el espejo no se contentó, le pidió más. ¡Siempre le pedía más! Un nombre que no se atrevió a pronunciar en voz alta.

«¿Más? ¿Cómo ofrecer más cuando lo he dado todo a todos en todo momento» —respondió de espaldas en un susurro amortiguado por el arrastre de sus pies tras cerrar la puerta.

Ya había sobrepasado la mayoría de edad algo más de dos décadas, cuando volvió a presentarse ante el espejo a rendirle cuentas. Recitó cada uno de sus logros con infinidad de pormenores, sin tanto entusiasmo como la primera vez y con la solemne intención de distraer al espejo de la pregunta que vaticinaba. Había sopesado la posibilidad de mentirle. Decirle un nombre cualquiera. Solo era un espejo. Nunca sabría la verdad. Y así lo hizo, le engañó. El espejo se creyó sus mentiras y ella también.

No obstante, la conciencia le gritaba encolerizada y le recriminaba su mezquindad. ¿Qué podía hacer para recobrar la paz y que el espejo, que no era otra cosa que ella misma, por fin lo había comprendido, dejara de mirarla con la incertidumbre de que mentir se le daba tan bien, que era incapaz de discernir la verdad del maquillaje en sus propias palabras?

Reflexionó.

Ya había sobrepasado la mayoría de edad algo más de tres décadas, cuando volvió a presentarse ante el espejo a rendirle cuentas y subsanar las mentiras. Esta vez no dijo nada solo mostró el libro que había escrito. Tampoco esperó respuesta ni dio opción a ninguna pregunta. ¿Quién era nadie para hacer el balance de toda una vida en un par de minutos?

Y así fue como el nombre del hombre al que dijo amar se convirtió en el título de su primer libro; porque ¿acaso no es bien sabido, que en una buena mentira se esconde al menos una gran verdad?

Mientras escribía el relato me acompañaba esta canción:

Loreen – Love Me America (Live Snippet)

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